En algunas sociedades africanas es tan importante visitar a los moribundos que el incumplimiento de este deber se interpretará como el deseo de un fatal desenlace. Por esta razón si el moribundo llegara a fallecer, el hecho se puede calificar como una grave falta moral y social, y en ciertos casos hasta se hará frente a una acusación de asesinato por medio de brujerías. En la mayoría de los casos, las personas mueren rodeadas de familiares y amigos, y sólo en las sociedades fragmentadas con un alto grado de industrialización o urbanización, los moribundos y ancianos son abandonados en asilos y hospitales.
El fallecimiento de un individuo pone a andar toda una serie de obligaciones sociales como son las cartas de condolencia en Europa, la preparación de la capilla ardiente, el arreglo de la casa para recibir a familiares y amigos que muestran sus condolencias y principalmente, el apoyo económico, físico y espiritual de muchas personas hacia los dolientes.
En este sentido los ritos funerarios además de permitir reflejar emociones ayudan a vencer la amargura de los
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deudos a través de un sentimiento de solidaridad con su pena. Es así como en las culturas occidentales, los asistentes irán al funeral vestidos de negro, aunque el dolor no aflija a todos por igual. Lo importante en este caso es expresar apoyo a través del color.
Otro ejemplo lo constituyen los velorios, en los cuales no necesariamente debe haber tristeza. En Irlanda se acostumbra beber y jugar a los naipes y, por su parte, los merinas de Madagascar cantan, bailan y juegan dominó mientras velan al difunto. El luto, en el sentido más amplio del término, indica la relación existente entre muertos y vivos, pero también señala un período transitorio durante el cual los dolientes quedan en parte excluidos de la colectividad. Su contacto físico con el cadáver hace que algunas sociedades los consideren ubicados en una posición intermedia entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.
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